15 de octubre de 2009

Queridos compatriotas

Queridos compatriotas


Es con tremendo acongojo y un insoportable dolor que hoy me dirijo, como Presidente de la Nación, a vuestras dolidas almas.


Se que mis palabras, escuetas e incapaces, no alcanzan a reparar la pérdida lamentable que hoy a nuestros corazones atañe.


Es con profundo malestar que mi impotencia y mi desesperanza se tejen en estas palabras, si acaso consoladoras, para hilar el recuerdo que quien hoy no está con nosotros ha dejado en los recovecos de nuestras almas.


Compatriotas, la pérdida de un hombre joven nacido en este suelo bendito por Dios y bautizado con la sangre de los héroes de otrora es siempre un apabullo de difícil digestión, un trago de la más destilada de las amarguras.

Hoy, ante vuestras miradas perplejas, me postro aquí para izar el estandarte de la pena y el bastión del desconsuelo.


La Nación llora la ausencia de uno de sus hijos predilectos; uno que logró sobreponerse a las vicisitudes y el desarraigo producto de las injusticias que por años los bárbaros derramaron sobre este pueblo, fuesen ellos apátridas indecentes o tiburones extranjeros ávidos de nuestra riqueza y nuestra carne, y con la benevolencia divina y dedicación allende su condición humana, llevó los colores de nuestro pabellón al otro lado de estas fronteras soberanas para decirle al mundo, con la insolencia de quien en la fe todo lo puede, de quien en el amor todo lo logra, que nuestro País, ese terruño de selvas verdes y corazones piadosos, de cascadas cristalinas como la moral y las buenas costumbres de quien en tan puras aguas sus cuerpos sudorosos de trabajo y tesón estregaron, que somos más, que somos la semilla que germina al calor y al abrigo de Dios, el orden y el progreso.


Amigos, mi voz resquebrajada por el llanto y el sollozo clama por el alma intachable de un conciudadano ejemplar, un ramo de virtudes que brotó en la buena sombra de nuestros plantíos, curtido por el sol que bendice nuestras cosechas.


Mi apariencia demacrada y envejecida por el suspiro incesante, por el anhelo de días mejores, es apenas el reflejo de la inmensa mella que en mi interior causa la ausencia de un héroe nacional; una figura comparable apenas a esos que lucharon anónimos por la independencia de esta tierra que me tuvo a bien por hijo, de este suelo de hombres y mujeres que con su sudor hidrataron los brotes de una Nación.


Hoy lamentamos la ausencia de quien hizo temblar a las naciones más poderosas del globo. Sollozamos por quien hizo que los ojos del mundo se preguntaran en dónde queda ese lugar al que llamamos hogar. Levantamos la mirada ávida de piedad a ese cielo que fue testigo de los más increíbles actos de osadía y temeridad de uno de los nuestros. Lanzamos un grito herido a ese viento que golpeó su faz cuando raudo y valiente se arrojó casi en solitario a la conquista de glorias que nos han sido esquivas por años y que parecían reservadas apenas a pueblos tan antiguos como nuestra misma humanidad.


Hermanos: si el presente nos es amargo, es por él que en el pasado nos brindó las mieles de la victoria. Si el futuro nos es desolador, es por él que con su arrojo nos colmó de dichas. Si hogaño nuestro devenir en la arena internacional nos es incierto, es por él que con su talento nos llevó al ápice de la conquista delirante.

Esta pérdida cubre con nubes oscuras el sol de nuestra esperanza y hoy llueve a cántaros en nuestro sentir nacional.


Bienvenido Rodríguez, Salomón Esguerra, Victor Guarín y todos los próceres de nuestra amada tierra hoy reciben a otro de su talle forjado en la extrema bravura, cuya epopeya aún retumba en los verdes campos, en los cánticos entonados ante su presencia, en el tremor pueril que su figura provocaba en el más aguerrido de sus adversarios.


Les pido entonces hermanos que dejemos partir al hombre y le demos espacio al mito. Es hora de recordar y dejar que el tiempo sirva de argamasa coyuntural para solidificar el nombre y la reminiscencia de ese inexorable ser que con su empeño hizo vibrar a las almas que hoy lo añoran.


Les ruego, como un representante legítimo de la esencia de esta tierra, que nos unamos en la comunión que su nombre nos provoca, que nos tomemos de la mano, ignorando las diferencias que nos distancian y así rendirle un último homenaje a un hermano caído por los caprichos del acaso.


¡Compatriotas!


Elevemos una plegaria y hagamos que el firmamento vibre en honor a él.


El insustituible, el único, el grande, ¡el coloso camisa 10 de nuestra selección! El perenne Morocho Rueda, el mejor delantero del que el mundo tuvo noticia alguna vez.


Morocho, la paz sea contigo, hoy, mañana y siempre.


Que Dios bendiga a este pueblo, me bendiga a mí y a mi familia.

8 de octubre de 2009

Primera Plana

La noticia corría.

Era imposible escapar a los televisores encendidos que pasaban horas analizando el fenómeno, discutiendo el asunto, levantando hipótesis sobre los motivos del acontecimiento. Televisores ruidosos y frenéticos contrastaban con la pasividad de las familias que ante ellos se alimentaban mientras estáticos tragaban tanto información como alimento.

Digerir es un verbo más complejo, tanto para lo uno como para lo otro.
En los restaurantes de la ciudad, a la hora del almuerzo, reinaba un silencio apenas interrumpido por el vaivén de trastes y aparejos de cocina que entraban y salían con la misma presteza que lo hacían antes de conocer la noticia aquella. Los cocineros, ayudantes y meseros, ajenos al problema durante los horarios de trabajo, seguían sus quehaceres sin siquiera dar un vistazo al pequeño televisor que, en su altar de hierro y grasa seca, dejaba caer sobre los comensales los detalles minúsculos del incidente.

En restaurantes menos agitados, unos comentaban con otros mientras sorbían la sopa. En restaurantes más populares, unos comentaban con otros mientras compartían el seco. En los restaurantes más finos, los unos no hablan con los otros y menos con la boca llena.

Por las calles, las tiendas de electrodomésticos se convertían en amplios teatros de expectación. Curiosos con menos ocupaciones que tiempo se debruzaban ante la pléyade televisiva que con mejor o peor imagen seguía el hilo noticioso. Los quioscos de periódicos y de revistas eran ahora palco de acaloradas discusiones, de debates prosaicos y una que otra agresión física sin mayor exageración ni calamidad.

En las grandes ciudades no había un solo rincón en donde una referencia a la noticia no fuera oída. La señora del manicure tenía la misma opinión del jardinero al respecto de los móviles del asunto, los cuales eran significativamente diferentes a los indicados por el chofer del bus y su gordo ayudante; aunque quizás nadie tendría una explicación más ilógica que la sugerida por una cierta dama en un gimnasio de alta alcurnia, pero que encontraba eco en el raciocinio de dos otras damas de la alta sociedad que la escucharon exponerle su tesis, con gran desenvoltura, a otra dama menos favorecida, funcionaria del estacionamiento.

Transcurrían ya un par de días desde el anuncio inicial.

En los telediarios se creaban presentaciones digitales, con flechas en tonos llamativos apuntando el devenir lógico de lo que sucedería después. Se creaban diapositivas en varios colores animadas por todo tipo de programas de dos, tres y a veces cuatro dimensiones, orientando al televidente sobre las minucias, los detalles, la migaja informativa de aquello que golpeaba las más profundas estructuras morales del país. Comentaristas eran invitados todos los días a estudios de grabación donde enarbolaban con prudencia, otros con arrogancia, los helos sensibles de esa cadena de hechos. Algunos, vehementes, se atacaban entre si mientras defendían a capa y espada la cosmovisión de su sentir, explicando con suma retórica el porqué su contendor argumentativo se hallaba en desventaja. Apolíneos presentadores asumían papeles de mediadores en una discusión sin fin, un incesante y laborioso brío epistemológico de la razón conjugada, de la verdad aparecida.

Jóvenes y buenos mozos, palpaban sus finos bolígrafos sobre la falsa tabla del noticiero, con sus cabelleras tan impecables como sus corbatas, mientras oían con atención la exposición del orador de turno. Sus preguntas, directas, rebotaban en la estilística del entrevistado y caían en algún lugar fuera del alcance de las cámaras. Elegantes periodistas, vestidas a la altura de la ocasión, exhibían sus mejores galas en una danza de micrófonos y señales de onda corta, hablando siempre con la prisa que caracteriza a quien la primicia le calienta la sangre. Ellas, inmaculadas, se misturaban, en un acto de profundo valor, a gente menos agraciada para así tomar una opinión, un parecer.

Un frenesí.

Agitados, reporteros de distintas naturalidades, oriundos de lugares tan diversos como sus acentos pero tan conmocionados como sus oyentes, narraban minuto a minuto, segundo a segundo cada una de las minúsculas partículas de información que, enfiladas, se disponían a ser lanzadas con la fuerza imberbe de la expresión, volando en las alas de la libertad de prensa y el estado de derecho.

Un derroche de tecnología explotaba como pirotecnia. Gentes en diversos lugares se daban la palabra unos a otros, saludando y despidiéndose de quien lo precedía o lo sucedía, según el caso. Intervenciones certeras desde el estudio les eran remesadas con la precisión del dardo. Respondían con una pequeña consulta a un taloncito de notas que asumía las informaciones recolectadas instantes atrás. A veces, dependiendo del horario, se interconectaban tres y hasta cuatro comunicadores, integrados en la pantalla del televisor, con un fondo amarillo claro de alguna textura indeterminada; cada uno ocupando una esquina del monitor y escuchando con presteza la información de algún otro punto cardinal. Palabras poco concluyentes caían sobre los micrófonos con súbita elegancia. El pronombre condicional y el pospretérito se intercalaban creando una imagen de duda serena, de verdad relativa, de un estado de las cosas que en cualquier momento habría de cambiar.

Composiciones en papel se tomaban las calles explicando con esmero el ápice de una conclusión, el anuncio de un nuevo abordaje y el sentido común que se le escapaba incluso al lector más incisivo. Columnistas versaban sobre un punto de vista no estudiado, una perspectiva redefinida, un elemento no contemplado. Pasquines escogían con dedicación las palabras más rutilantes, el tamaño de la fuente y la diagramación de la foto del día. Otros más prudentes pero no por eso menos emocionados, usaban un lenguaje más articulado, menos directo, y preferían la cadencia y la mesura aunque por dentro el ansia les carcomía el alma y les roía los huesos. Escondidos tras la serenidad del desesperado, los periódicos más reconocidos y antiguos del país dedicaban algunas páginas centrales al mero recuento de lo que ha pasado hasta ahora, dejando de lado la conclusión y la soberbia y alineándose a las fuentes oficiales (de mejor nivel en la escala de la información) para así sugerir aquello que podría mañana ser dado a conocer.

Emisoras de radio ofrecían una cobertura como jamás fuera vista en la historia de este país. Un despliegue de recursos y artilugios técnicos que desembocaban en un acompañamiento paso a paso del desarrollo de la cuestión. Se crearon viñetas, tantas como emisoras hay, que argüían sobre las bondades de oír esta y no la otra. Las emisoras de noticias reclamaban para sí el derecho de haber puesto en primer lugar su banderita sobre la antes agreste superficie noticiosa.
Las instituciones gubernamentales no esperaron mucho para manifestarse sobre el asunto. Las empresas de publicidad rápidamente se hicieron a puestos más favorecidos, dejando tanta publicidad en novela y emigraron a los noticieros. La policía, la iglesia, un escritor de best sellers, el técnico de fútbol de la selección, el presidente, una modelo famosa (al parecer embarazada de su ex-novio, infelizmente aún sin confirmar), el guitarrista de una banda, un cierto cantante otrora reconocido por su denuncia social y hogaño más famoso por sus productos capilares (de venta en las mejores droguerías del país), los industriales, el ministro de agricultura, la candidata a la alcaldía, el vencedor de un cierto reality show y un narcotraficante dejaron en este periodo su opinión sobre el tema.

Marcas de antipulgas para gatos, cierta brand de carros de luxe, una tienda de ropa interior femenina, una relojería, un restaurante árabe, una marca de pilas alcalinas, una empresa de medias veladas, un emporio vinícola, dos empresas de extracción de cobre, un prostíbulo, una petrolera y una línea astrológica multiplicaron sus ventas y el valor de sus acciones en el carrusel dramático que impedía retirar los ojos del televisor.

Se crearon 4 ONGs, se elaboraron 15 proyectos de ley y una enmienda a la carta magna, se mandaron millones de correos electrónicos en cadena y se crearon cientos de grupos en portales de relacionamiento para solucionar el problema. Se llegaron a vender algunas camisetas estampadas con fotos dicientes. La manilla verde en caucho reciclado, de la cual parte de las ventas se le darían a la fundación del “Esturión Feliz” fue comercializada y falsificada poco después por un grupo de coreanos insensibles. Intelectuales dejaron de lado la apatía escéptica pirroniana y se lanzaron a la elaboración de complejísimas y sofisticadas tribulaciones sobre el origen del mal, sus consecuencias y la forma en que el suceso se relaciona con algún médico austriaco poco pudoroso.

54 partidos de fútbol tuvieron un minuto de silencio. Las ventas de palomas blancas crecieron a punto de quebrar dos campos colombófilos de la región serrana y nunca antes se vieron tantas banderas a media asta como en aquella época.

Fue una época difícil, que dejó su huella indeleble en los corazones de toda una nación.
Afortunadamente hoy ya todo se ha resuelto y no hay dolor que dure cien años.

El paso del tiempo, incesante, todo en su marcha cura.

En el pueblo ya comienza a germinar la simiente de la esperanza y los corazones se regocijan en torno a su deporte nacional, los noticieros, esos mismos que se cargaron de crimen y acusación, los periódicos, que esparcieron la trágica noticia hasta el último rincón de la geografía nacional, los intelectuales y la modelo, el presidente y la marca de carros, la petrolera y el narcotraficante; todos, unidos, bajo la misma bandera, el mismo himno, hoy celebran en júbilo y armonía la alegría que solo el haber nacido en este suelo bendito y agradecido puede suministrar.



Definitivamente fueron 3 días muy difíciles.