Me resulta difícil recordar o si quiera imaginar la forma en que llegué a hacerme señor de esta inmensa propiedad. Quizás fuera obra del acaso o de algún capricho fortuito de otro que como yo existe en la vastedad de tamaño lugar, quizás haya transcurrido tanto tiempo desde mi llegada que la memoria sea insuficiente para suscitar tal información.
Es un lugar enorme, de proporciones que me resultan desconocidas pero que de una u otra manera entiendo como finitas. Sé que este mi reino debe acabar y comenzar en algún punto determinado, aunque dicho conocimiento me sea definitivamente irrelevante.
He caminado por sendas horas en líneas que considero rectas. Hacia el sur, he caminado por senderos de abedules, manzanos, olmos y robinias; zanjas abiertas de raíces carnosas que me impiden el paso rápido pero me deleitan con su verdor. He pasado por riachuelos de aguas cremosas que raudos se dirigen a lo que parece ser un océano. Dependiendo del estado de ánimo que me acompañe, le presto atención a los acantilados y las columnas rocosas forjadas como a dentelladas y que enmarcan un caño cuyo origen supongo háyase en la cima de aquella colina.
Otros días he emprendido vagarosas caminatas en dirección al poniente y tras sobreponer valles de campanulas, gladiolos y pimpinelas me deparo con la inmensidad de montañas forradas de nieves eternas que displicentes me contemplan en mi divagación. Ellas, hogaño ancianas, otrora surgieron de quien sabe donde para servirme de compañía. Hace un buen tiempo ya que hice una travesía allende sus níveas cimas, talvez en mi pueril deseo de encontrar a alguien más, ese improbable cohabitante de este mi terruño.
Recuerdo haber caminado en cuantas direcciones se me ha ocurrido, envuelto en el manto de la indiferencia que la soledad provoca, en el llanto silente de quien gobierna un reino sin gobernados.
Al norte me enveredé hace tiempos inmemoriales, animado por el pensamiento de que la tundra me traería consuelo. No obstante las gramíneas y los líquenes me resultaron tan escuetos como las taigas que allí me llevaron. Inermes tentativas de distracción.
De cierto modo, el tedio de mi existencia plenipotenciaria y el poder que ello me confiere me han sumergido en una arrogancia apopléjica de cuyo sino procuro abstraerme refugiándome en la quietud y la inactividad.
He dejado de explorar el terreno, consciente de que sus límites puedan ser a lo sumo tan decepcionantes como lo que al alcance de mi mano se encuentra.
Por la falta de esa exploración insulsa, me paso los días en una contemplación somnolienta nada productiva. Me siento bajo alguna fronda en actitud letárgica.
Allí, inerte y contristado, paso los días esperando.
En tal estado de inactividad me sorprendo a veces cuestionándome si no hay algo más en este lugar. En ausencia total de un ser de mi tamaño o evidente a mis sentidos, quizás abunden seres microscópicos a los cuales les he destruido el mundo en repetidas ocasiones al caminar por encima de sus universos cuando me dirigía hacia el matorral en un afán coprológico.
Me divierte pensar que esos posibles seres se acongojen ante el más insignificativo de mis caprichos. Cuando pienso en ello me encanta agitar una rama o lanzar una piedra al azar y pensar que acabo de alterarle el cosmos a quien sabe quien.
Imagino seres insignificantes y fortuitos que se engendran en el miasma de este o aquel rincón. Seres que quizá se aglutinen en comunidades arbitrarias y sigan reglas establecidas por uno de ellos que arrogante toma decisiones que afectan su microscópica y delirante realidad, tal proceso demoró lo que demoró un bostezo mío.
Ese pensamiento me divierte a cada vez más. Paso horas divagando sobre sus posibles actividades. A lo mejor uno de esos monstruillos se sobrepone de una terrible enfermedad para prolongar su existencia por otro microsegundo; eufórico celebra y después sucumbe, sin que yo lo note. Posiblemente miles de ellos perezcan en condiciones hediondas mientras duermo placidamente. Puede que luchen entre si en sangrientas batallas para dominar su ínfimo ambiente mientras yo contemplo la forma torcida de mi dedo pulgar.
Tal hipótesis me distrae un poco. Los imagino como una nubecilla informe zumbando sin cesar.
Me resulta entretenido pensar que minúsculos habitantes se debrucen en la comprensión de su mundo, liderando expediciones a la hierba más cercana, construyendo héroes milimétricos cuya epopeya retumba en ese nano-micro-milímetro cuadrado durante un par de nano-micro-segundos, desatando evoluciones, revoluciones e involuciones repetitivas y predecibles mientras me lavo el sudor en el río.
A veces, en un sopor hipnagógico, llego inclusive a pensar que tales seres sospechan de mi existencia… pero eso una somera posibilidad y yo… bueno…. Yo Soy El Que Soy.