8 de octubre de 2009

Primera Plana

La noticia corría.

Era imposible escapar a los televisores encendidos que pasaban horas analizando el fenómeno, discutiendo el asunto, levantando hipótesis sobre los motivos del acontecimiento. Televisores ruidosos y frenéticos contrastaban con la pasividad de las familias que ante ellos se alimentaban mientras estáticos tragaban tanto información como alimento.

Digerir es un verbo más complejo, tanto para lo uno como para lo otro.
En los restaurantes de la ciudad, a la hora del almuerzo, reinaba un silencio apenas interrumpido por el vaivén de trastes y aparejos de cocina que entraban y salían con la misma presteza que lo hacían antes de conocer la noticia aquella. Los cocineros, ayudantes y meseros, ajenos al problema durante los horarios de trabajo, seguían sus quehaceres sin siquiera dar un vistazo al pequeño televisor que, en su altar de hierro y grasa seca, dejaba caer sobre los comensales los detalles minúsculos del incidente.

En restaurantes menos agitados, unos comentaban con otros mientras sorbían la sopa. En restaurantes más populares, unos comentaban con otros mientras compartían el seco. En los restaurantes más finos, los unos no hablan con los otros y menos con la boca llena.

Por las calles, las tiendas de electrodomésticos se convertían en amplios teatros de expectación. Curiosos con menos ocupaciones que tiempo se debruzaban ante la pléyade televisiva que con mejor o peor imagen seguía el hilo noticioso. Los quioscos de periódicos y de revistas eran ahora palco de acaloradas discusiones, de debates prosaicos y una que otra agresión física sin mayor exageración ni calamidad.

En las grandes ciudades no había un solo rincón en donde una referencia a la noticia no fuera oída. La señora del manicure tenía la misma opinión del jardinero al respecto de los móviles del asunto, los cuales eran significativamente diferentes a los indicados por el chofer del bus y su gordo ayudante; aunque quizás nadie tendría una explicación más ilógica que la sugerida por una cierta dama en un gimnasio de alta alcurnia, pero que encontraba eco en el raciocinio de dos otras damas de la alta sociedad que la escucharon exponerle su tesis, con gran desenvoltura, a otra dama menos favorecida, funcionaria del estacionamiento.

Transcurrían ya un par de días desde el anuncio inicial.

En los telediarios se creaban presentaciones digitales, con flechas en tonos llamativos apuntando el devenir lógico de lo que sucedería después. Se creaban diapositivas en varios colores animadas por todo tipo de programas de dos, tres y a veces cuatro dimensiones, orientando al televidente sobre las minucias, los detalles, la migaja informativa de aquello que golpeaba las más profundas estructuras morales del país. Comentaristas eran invitados todos los días a estudios de grabación donde enarbolaban con prudencia, otros con arrogancia, los helos sensibles de esa cadena de hechos. Algunos, vehementes, se atacaban entre si mientras defendían a capa y espada la cosmovisión de su sentir, explicando con suma retórica el porqué su contendor argumentativo se hallaba en desventaja. Apolíneos presentadores asumían papeles de mediadores en una discusión sin fin, un incesante y laborioso brío epistemológico de la razón conjugada, de la verdad aparecida.

Jóvenes y buenos mozos, palpaban sus finos bolígrafos sobre la falsa tabla del noticiero, con sus cabelleras tan impecables como sus corbatas, mientras oían con atención la exposición del orador de turno. Sus preguntas, directas, rebotaban en la estilística del entrevistado y caían en algún lugar fuera del alcance de las cámaras. Elegantes periodistas, vestidas a la altura de la ocasión, exhibían sus mejores galas en una danza de micrófonos y señales de onda corta, hablando siempre con la prisa que caracteriza a quien la primicia le calienta la sangre. Ellas, inmaculadas, se misturaban, en un acto de profundo valor, a gente menos agraciada para así tomar una opinión, un parecer.

Un frenesí.

Agitados, reporteros de distintas naturalidades, oriundos de lugares tan diversos como sus acentos pero tan conmocionados como sus oyentes, narraban minuto a minuto, segundo a segundo cada una de las minúsculas partículas de información que, enfiladas, se disponían a ser lanzadas con la fuerza imberbe de la expresión, volando en las alas de la libertad de prensa y el estado de derecho.

Un derroche de tecnología explotaba como pirotecnia. Gentes en diversos lugares se daban la palabra unos a otros, saludando y despidiéndose de quien lo precedía o lo sucedía, según el caso. Intervenciones certeras desde el estudio les eran remesadas con la precisión del dardo. Respondían con una pequeña consulta a un taloncito de notas que asumía las informaciones recolectadas instantes atrás. A veces, dependiendo del horario, se interconectaban tres y hasta cuatro comunicadores, integrados en la pantalla del televisor, con un fondo amarillo claro de alguna textura indeterminada; cada uno ocupando una esquina del monitor y escuchando con presteza la información de algún otro punto cardinal. Palabras poco concluyentes caían sobre los micrófonos con súbita elegancia. El pronombre condicional y el pospretérito se intercalaban creando una imagen de duda serena, de verdad relativa, de un estado de las cosas que en cualquier momento habría de cambiar.

Composiciones en papel se tomaban las calles explicando con esmero el ápice de una conclusión, el anuncio de un nuevo abordaje y el sentido común que se le escapaba incluso al lector más incisivo. Columnistas versaban sobre un punto de vista no estudiado, una perspectiva redefinida, un elemento no contemplado. Pasquines escogían con dedicación las palabras más rutilantes, el tamaño de la fuente y la diagramación de la foto del día. Otros más prudentes pero no por eso menos emocionados, usaban un lenguaje más articulado, menos directo, y preferían la cadencia y la mesura aunque por dentro el ansia les carcomía el alma y les roía los huesos. Escondidos tras la serenidad del desesperado, los periódicos más reconocidos y antiguos del país dedicaban algunas páginas centrales al mero recuento de lo que ha pasado hasta ahora, dejando de lado la conclusión y la soberbia y alineándose a las fuentes oficiales (de mejor nivel en la escala de la información) para así sugerir aquello que podría mañana ser dado a conocer.

Emisoras de radio ofrecían una cobertura como jamás fuera vista en la historia de este país. Un despliegue de recursos y artilugios técnicos que desembocaban en un acompañamiento paso a paso del desarrollo de la cuestión. Se crearon viñetas, tantas como emisoras hay, que argüían sobre las bondades de oír esta y no la otra. Las emisoras de noticias reclamaban para sí el derecho de haber puesto en primer lugar su banderita sobre la antes agreste superficie noticiosa.
Las instituciones gubernamentales no esperaron mucho para manifestarse sobre el asunto. Las empresas de publicidad rápidamente se hicieron a puestos más favorecidos, dejando tanta publicidad en novela y emigraron a los noticieros. La policía, la iglesia, un escritor de best sellers, el técnico de fútbol de la selección, el presidente, una modelo famosa (al parecer embarazada de su ex-novio, infelizmente aún sin confirmar), el guitarrista de una banda, un cierto cantante otrora reconocido por su denuncia social y hogaño más famoso por sus productos capilares (de venta en las mejores droguerías del país), los industriales, el ministro de agricultura, la candidata a la alcaldía, el vencedor de un cierto reality show y un narcotraficante dejaron en este periodo su opinión sobre el tema.

Marcas de antipulgas para gatos, cierta brand de carros de luxe, una tienda de ropa interior femenina, una relojería, un restaurante árabe, una marca de pilas alcalinas, una empresa de medias veladas, un emporio vinícola, dos empresas de extracción de cobre, un prostíbulo, una petrolera y una línea astrológica multiplicaron sus ventas y el valor de sus acciones en el carrusel dramático que impedía retirar los ojos del televisor.

Se crearon 4 ONGs, se elaboraron 15 proyectos de ley y una enmienda a la carta magna, se mandaron millones de correos electrónicos en cadena y se crearon cientos de grupos en portales de relacionamiento para solucionar el problema. Se llegaron a vender algunas camisetas estampadas con fotos dicientes. La manilla verde en caucho reciclado, de la cual parte de las ventas se le darían a la fundación del “Esturión Feliz” fue comercializada y falsificada poco después por un grupo de coreanos insensibles. Intelectuales dejaron de lado la apatía escéptica pirroniana y se lanzaron a la elaboración de complejísimas y sofisticadas tribulaciones sobre el origen del mal, sus consecuencias y la forma en que el suceso se relaciona con algún médico austriaco poco pudoroso.

54 partidos de fútbol tuvieron un minuto de silencio. Las ventas de palomas blancas crecieron a punto de quebrar dos campos colombófilos de la región serrana y nunca antes se vieron tantas banderas a media asta como en aquella época.

Fue una época difícil, que dejó su huella indeleble en los corazones de toda una nación.
Afortunadamente hoy ya todo se ha resuelto y no hay dolor que dure cien años.

El paso del tiempo, incesante, todo en su marcha cura.

En el pueblo ya comienza a germinar la simiente de la esperanza y los corazones se regocijan en torno a su deporte nacional, los noticieros, esos mismos que se cargaron de crimen y acusación, los periódicos, que esparcieron la trágica noticia hasta el último rincón de la geografía nacional, los intelectuales y la modelo, el presidente y la marca de carros, la petrolera y el narcotraficante; todos, unidos, bajo la misma bandera, el mismo himno, hoy celebran en júbilo y armonía la alegría que solo el haber nacido en este suelo bendito y agradecido puede suministrar.



Definitivamente fueron 3 días muy difíciles.

1 comentários:

Candelario_ Bach dijo...

Ala pisco le quedó chirriadisima la quartilla esta; me gustó ese saborcito ese cortazariano sazonado con el dejo trágico de cualquier realista ruso. Es que comodiría este otro gran prosista latioamericano:
http://www.youtube.com/watch?v=HIWjp6dVIkA