14 de marzo de 2010

Roth y el sexo

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Por más que lo sepas, por más que lo reconozcas, por más que pienses en ello y por más que intentes conspirar en su contra, nunca serás superior al sexo. El sexo es un juego muy arriesgado. El hombre no tendría la tercera parte de los problemas que tiene si no se metiera en tantas aventuras para poder fornicar.

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El hombre heterosexual que se casa no es diferente al seminarista que se vuelve padre: hace un voto de castidad, pero al parecer se da cuenta de ello tres, cuatro o cinco años después.

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En la mejor de las hipótesis, se piensa de manera estoica: Si, sé que en algún momento he de abdicar del sexo en este matrimonio, pero a cambio obtendré algunas cosas valiosas. Pero, ¿Será que se dan cuenta de aquello a lo que están renunciando? Ser casto, vivir sin sexo... ¿Cómo es que van a procesar las derrotas y las frustraciones? ¿Ganando la mayor cantidad de dinero posible? ¿Haciendo tantos hijos como puedan? Eso, sin duda, ayuda, pero no le llega ni a los tobillos a la otra cosa. Porque la otra cosa se basa en su existencia física, en la carne que nace y en la carne que muere. Porque solo al fornicar es que todo aquello que no te gusta en la vida, todo aquello que te derrota, recibe su merecida venganza de la manera más pura, aunque sea de forma efímera. El sexo no es corrupción – la corrupción es todo aquello que no es sexo. El sexo no es solo un roce superficial, es la forma en la que nos vengamos de la muerte. Yo se que el sexo tiene un poder limitado, pero que alguien me diga, ¿Será que existe poder más grande?


Philip Roth, The dying animal, en traducción libre.

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Si algo denota el progreso de la civilización es la crítica a las instituciones ancestrales. El matrimonio, el ejército, la familia y la iglesia, entre otras, son despojos medievales que han logrado sobrevivir en los recovecos de la imbecilidad humana.

Tal imbecilidad no yace en el amar a un ser querido, o en anhelar pasar el resto de la vida con aquel o aquella, ni en la defensa de lo legítimo o la dignificación espiritual de la existencia y si en pilares propios de la humanidad como la ansia ritual, la necesidad de la divulgación, la aceptación de los pares, entre otros.

No obstante, tales elucubraciones no me atañen en este momento.

Quizá lo que si es bueno mencionar en este texto es aquella noción baladí de la unicidad de la vida y cómo solemos comprometernos con una serie de ideas absurdas para poder darle consonancia a nuestra existencia a través del propio martirio. La infelicidad se hace tolerable en la medida en que las apariencias se conservan y los moldes se perpetúan. ¿De qué otra manera el hombre soporta el dolor de su existencia sino es al infringirse sufrimientos de manera voluntaria en contra de sus verdaderas voluntades?

Si el matrimonio es una experiencia miserable, que sea por lo menos una experiencia duradera. Si el sexo es inexistente, que deje de ocurrir por lo menos en un colchón de primera línea. Que la inercia y la costumbre reinen en las tinieblas de la frustración.

La percepción del tiempo nos juega una mala pasada. La aceptación incondicional del presente y el temor infundado al futuro inmediato son el veneno que, de a pequeñas dosis paracélsicas, terminará aniquilando ese posible pasado pleno en el futuro distante.